- CAPÍTULO 2 -

Jinete del Cielo

Los Sky Rider, o Jinetes del Cielo, son aquellas personas que tienen la capacidad de viajar entre la infinidad de mundos que existen junto a los megobari, sus inseparables compañeros de viaje.

Tanto los Sky Rider como los megobari están conectados a la Fuente, un lugar que se encarga de mantener el orden y la armonía de los mundos. Los Sky Rider son los encargados de acudir a esos mundos, ya sea para arreglar situaciones en ellos, o simplemente para asistir a eventos en nombre de la Fuente. Se dice que la Fuente es el origen de todas las cosas, del universo tal y como se le conoce. Nadie sabe a ciencia cierta dónde se encuentra. Algunos aseguran que está protegida por un fénix y un dragón.

Fuera como fuese, lo cierto es que ni Happy, ni Feiry, ni nadie habían visto nunca ese lugar con sus propios ojos, de ahí que hubiese ciertos escépticos que llegaban a desconfiar de ella. Nadie podía negar que el objetivo de la Fuente es garantizar la paz y el equilibrio de los mundos, pero recibir órdenes y encargos constantemente de una simple voz, sin conocer siquiera su nombre y su rostro, es algo que llegaba a escamar a muchos, haciendo que se planteasen si de verdad pueden confiar en alguien al que nunca han llegado a ver. De todos modos, ese no era el caso de Happy.

Aunque sea un organismo tan importante, solo existen seis mundos en todo el universo, uno por cada galaxia, que conozcan la existencia de este lugar.

Uno de ellos es, precisamente, el Mundo Aguamarina. De ahí que tuviesen la capacidad de comunicarse directamente con la Fuente, y esta, a su vez, le pasase el encargo a un Sky Rider.

Cuando Happy abrió el libro fue como si la luminosidad que inundaba la habitación se desvaneciera. En cambio, las páginas del libro desprendieron una potente luz y el techo se convirtió en un precioso cielo estrellado.

Un holograma brillante apareció sobre las hojas abiertas, mostrando diferentes mundos. Happy pasó las páginas hasta llegar a la que buscaba.

—Ahí está, el Mundo Aguamarina —dijo Fey en forma humana, sentado y flotando cabeza abajo detrás de la chica.

El mundo que aparecía representado en el holograma era un planeta plano, con tres grandes trozos de tierra. Sus bordes estaban delimitados por gruesas montañas de hielo. Una esfera brillante flotaba en el centro mismo, y el resto era todo agua azul. Una visión realmente única.

—Aquí dice que está compuesto por tres continentes: Bardawil, Taiga y Hereford. En el centro del mundo, sobre el cielo, está La Esfera Sorelí, hogar del Zhar Ptista, un hermoso pájaro que vuela por el cielo llevando el día, y cuando vuelve a su hogar, llega la noche, igual que el Sol y la Luna. ¡Qué pasada! —exclamó la niña fascinada. A medida que Happy leía, el holograma iba cambiando, ilustrando todo lo que la niña describía. Esta vez mostraba un hermoso pájaro, muy similar a un pavo real con plumas de color oro y rojo sobrevolando el mundo. Happy siguió leyendo con intriga—. Cada ochocientos años el Zhar Ptista se consume, y tras ocho años de oscuridad conocidos como «plenilunio», renace nuevamente.

Feiry la contempló con ternura, le encantaba verla tan entusiasmada cada vez que descubría un mundo diferente. Una pregunta de su amiga le desembelesó.

—¿Y dónde está Penumbra?

—Justo aquí, en el continente Taiga —Fey señaló con su dedo debajo de la Esfera Sorelí una zona de tierra que en el holograma se veía cubierta de nubes—. Hace cien años ese reino era conocido como Vega Lucífera, un reino próspero como ninguno. En él gobernaban el Albor Aldo y Orein la Raíz. Aunque no eran familia, los dos habían sido criados como hermanos, y sus discusiones sin sentido eran conocidas en todo el reino.

»Aldo estaba enamorado del Zhar Ptista de la época, Rigel. Un día, Orein y él tuvieron una discusión. Ella afirmaba que las flores de Vega Lucífera eran mucho más hermosas que el Sol, contrariando a Aldo, para quien no existía nada más bello que su amada. Orgulloso como era, el Albor decidió cubrir todo el cielo del reino con nubes, de esa forma, las flores no podrían vivir, y terminarían por marchitarse. Incluso si eso implicaba que no pudiese volver a ver a Rigel. Fue entonces cuando...

—¡Keyla! ¡La comida está lista! —exclamó Gaea irrumpiendo en la habitación, era la tercera vez que la llamaba. En apenas un segundo, Fey se transformó en megobari y cayó al suelo, como un peluche al lado de Happy que cerró el Atlas a toda velocidad—. ¿Otra vez ese libro? ¿Qué historia es esta vez? —preguntó la madre acercándose mientras la chica sin levantarse se lo extendía—. «Aldo estaba enamorado del Zhar Ptista de la época, Rigel. Un día, Orein y él tuvieron una discusión. Ella afirmaba que las flores de Vega Lucífera eran mucho más hermosas que el Sol, contrariando a Aldo, para quien no existía nada más bello que su amada. Orgulloso como era, el Albor decidió cubrir todo el cielo del reino con nubes, de esa forma, las flores no podrían vivir, y terminarían por marchitarse». —La mujer levantó la vista riéndose—. ¡Hay que ver, menuda imaginación! No sé de dónde lo habrás sacado. —La mujer pasó las páginas hasta llegar a la primera, donde podía leerse un nombre: Keyla Vitale Ora—. ¡Podrías ser escritora! No ha habido muchos de esos en Phira.

—Me gusta pescar contigo —afirmó la niña descartando la idea mientras cogía el libro.

—Como veas, no tardes en bajar a comer —dijo la mujer y salió por la puerta, cerrando.

Los Atlas de los Sky Rider son libros que solo se activan cuando están en manos de un Jinete del Cielo, cualquier otra persona que no tenga un megobari, si lo toca o lo abre creerá que es un libro normal y corriente, con historias extrañas de mundos de fantasía escritos en él. Cuando un Sky Rider se hace con uno de estos, debe escribir su nombre en la primera página, de forma que el libro imitará su letra a medida que sus páginas se vayan rellenando con relatos increíbles. Es este detalle el que hace tiempo llevó errónea pero convenientemente a Gaea a creer que su alegre hija sería una gran escritora, y es que «Happy» es solo un sobrenombre que se ganó la niña de parte de su padre nada más nacer. La bebé llegó al mundo con una gran sonrisa que la acompañó desde entonces. Esa cualidad dio origen al mote, y así se quedó.

Happy volvió a abrir el libro por la página en la que se habían quedado. Feiry, volviendo a su forma humana, ladeó la cabeza, pensativo.

—¿Por dónde iba?

—Aquí —dijo la niña retomando la lectura—. Debido a este conflicto entre ambos «hermanos», Orein, furiosa, decidió dividir el reino de Vega Lucífera. Ella y los suyos, los cervidae, se marcharon de allí, y se fueron al este del continente, mientras que los humanos se mantuvieron congregados en el oeste... —Happy arrugó el gesto extrañada—. ¿Cervidae?

—Como puedes imaginar, en el Mundo Aguamarina existen infinidad de razas y seres diferentes. En Taiga concretamente hay tres: cervidae, humanos y personalitas. —El holograma mostró un avatar de cada una de estas diferentes razas. Los cervidae son un híbrido entre ciervo y humano, sus facciones parecían más finas y delicadas, otorgándoles una belleza especial. Poseían cuernos en la cabeza y la forma de sus orejas era más alargada.

—Los cérvidos son seres estrechamente relacionados con la naturaleza, se dice que allá donde pisan florecen bosques.

—¿Y qué hay de los personalitas?

—Son una mezcla de ambas razas. Hay algunos con cornamenta, seguramente sean vestigios de su sangre cervidae, pero físicamente son más similares a los humanos. Aunque en su caso tienen la piel de muchos colores. —Efectivamente, los personalitas eran físicamente iguales a los humanos a simple vista, con la diferencia de sus variados colores de piel, además, comparados con ellos, los personalitas, al igual que los cervidae, eran de una altura mayor. Asintiendo, Happy continuó leyendo.

—Tras esta división, con los años, el lugar donde vivía Aldo empezó a ser conocido como «Penumbra», mientras que el reino de Orein adoptó el nombre de «Floresta Baldía». Cien años después las nubes siguen cubriendo los cielos de ambos reinos, lo que ha llevado a que la relación sea bastante tensa entre ellos. —La niña se quedó en silencio. El chico se dio cuenta de que le pasaba algo.

—¿Qué te ocurre? —preguntó.

—Al parecer, esta historia tiene un final triste.

—Entonces es que no es el final —comentó el chico para animarla. Happy le sonrió—. En Penumbra hay un grupo rebelde que se creó hace unos ochenta años conocido como «la Hueste de los Indómitos», que luchan por intentar librar al reino de la oscuridad. Actualmente Floresta está gobernado por Laurel la Raíz, mientras que en Penumbra gobiernan El Albor Lázarus y el Alba Helia.

—¿Qué es todo eso de El Albor, El Alba y La Raíz? —preguntó Happy extrañada.

—Son los que se encargan de gobernar, la mayor autoridad del lugar.

—¿Cómo mamá en casa? —bromeó la niña, Feiry se rio.

—Podría decirse que sí. Verás, Penumbra tiene un sistema de reinado de hermanos. Ambos pueden desposarse con quien deseen, pero solo sus hijos, un niño y una niña herederos al trono, tienen derecho a gobernar. Seguro que has oído muchas historias en las que el villano intenta conseguir poder casándose con la princesa, ¿verdad? —La niña asintió.

—¡Claro! De esta manera jamás podría ocurrir algo así.

—Exacto. En cuanto a La Raíz, ella o él es la mayor figura de autoridad de los cervidae.

—¿Y cuál es ese evento del que habla la carta del Alba Helia?

—Seguramente se refiera a las Pléyades. Nacieron a modo de protesta contra las nubes del Albor, pero hoy en día se ha convertido en una fiesta tradicional que se celebra por estas fechas. Los habitantes de Penumbra cubren el cielo con cometas llenas de luces en honor a una constelación del mismo nombre que se veía antes de que cubriesen el Sol. ¡Es un espectáculo digno de ver!

Fey se percató de la entusiasmada mirada de Happy.

—Bueno, ¿nos vamos? —dijo irguiéndose sobre el suelo extendiendo la mano a Happy. La niña la agarró incorporándose y se abrazó al chico subiéndose a su espalda, mirando los dos hacia el cielo que se veía reflejado en el techo de la habitación.

En ese momento, el chico flexionó las rodillas y pegó un salto tan potente como un cohete. Atravesaron el techo que reflejaba un cielo nocturno hermosamente estrellado. Mientras se elevaba el cuerpo del joven se fue transformando: sus fibrosas extremidades se convirtieron en robustas patas, y su cuerpo se cubrió por completo de un pelaje espeso de pelo y plumas. Happy pasó de rodear su cuello a apoyarse sobre la cabeza de la criatura en la que se había convertido, un enorme dragón de aspecto felino. El animal sobrevolaba ahora un cielo infinito plagado de estrellas y lejanas constelaciones, el cielo de Aguamarina.

Happy no tenía palabras, podía ver dos masas de tierra sobre la inmensidad del océano. Y ahí, en el centro, estaba el tercer continente cubierto por completo de nubes. Era realmente impresionante pasar de ver esos hologramas a contemplar el lugar con sus propios ojos.

—Ahí está Penumbra —dijo el dragón sin mover la boca, con un tono de voz dulce pero que sonaba más maduro que hacía unos momentos. El dragón comenzó a volar por el cielo en dirección a esa masa de nubes, cuando Happy se percató de algo.

En el cielo, en la lejanía, una diminuta figura alada sobrevolaba el mundo, liberando una luz tan cegadora que la niña apenas podía mantener los ojos abiertos. El brillo no tardó en desvanecerse una vez Feiry se introdujo dentro de la masa de nubes. Continuó descendiendo en posición vertical durante un periodo considerable de tiempo, sin duda debía ser una materia densa para impedir que ni un rayo del Sol la atravesara.

Cuando bajaron lo suficiente se encontraron sobrevolando la antigua Vega Lucífera. Happy pudo comprender al momento lo inadecuado que era ese nombre, y el porqué sus habitantes la habían rebautizado.

En toda la superficie de tierra no brillaba más que las luces de lo que debían de ser pequeñas ciudades, concentrándose especialmente en ambos polos opuestos del lugar, donde la iluminación era mayor. Parecía mentira que hacía unos instantes hubiese visto que era de día. Aunque solo llevaba unos minutos bajo ese manto de oscuridad, era tan tenebrosa que Happy sentía como si pudiese llegar a olvidar la luz si permaneciese demasiado tiempo allí.

Podía percibir la «muerte» en el reino, esa temible sombra no dejaría crecer ni una mota de vida, de algún modo, desde las alturas sus ojos alcanzaban a ver todos los bosques, árboles y flores marchitas, secos en la tierra.

Era bonito, pero triste al mismo tiempo. Happy se aferró inconscientemente con más fuerza al pelaje de Fey, que al percatarse de la incomodidad que turbaba a la pequeña inmediatamente hizo aparecer alrededor de su enorme cuerpo tres esferas brillantes, se trataba del «sistema de iluminación» nocturno del animal. Efectivamente, esas luces hicieron sentir más tranquila a Happy.

—Penumbra está hacia el oeste —dijo la suave voz de Feiry encaminándose hacia ese lugar.

Happy miró a su espalda, eso significaba que las luces que se veían allí era Floresta Baldía. De acuerdo con lo que Fey le había contado, su cultura estaba estrechamente relacionada con la naturaleza, sus gentes, los cervidae, vivían en gran comunión con la flora y la fauna. Era fácil imaginarse que para ellos sumirse en esos cien años de oscuridad debía de haber sido realmente duro. Happy lamentó la idea de no poder conocer ese lugar en sus días de mayor esplendor, disfrutar de su belleza ahora marchita. Poco a poco, esas luces quedaron en la lejanía, hasta desaparecer. En cambio, ambos se sumergieron en Penumbra.

Era una ciudad inmensa vista desde el aire. Las luces bordeaban todos sus edificios, que tenían estructuras muy cuadriculadas, unos tejados adornados con estampados de rombos coloridos, e infinidad de farolas recorrían sus calles y bordeaban un río que atravesaba la ciudad. El alumbrado era tan intenso que casi parecía de día, pero sin duda no podía compararse a la que acababa de ver hacía un momento desprender por el Zhar Ptista, ¿en serio las personas que vivían allí no conocían más que esa luz artificial? Era una idea difícil de asimilar.

Para su sorpresa había ciertas zonas verdes, con árboles y flores, pero incluso desde el aire era evidente que no eran naturales, se trataba de simples réplicas. Pese a todo, era una vista muy bonita, nada tenía que ver con Phira u otros mundos que Happy hubiese visitado con antelación.

Fey descendió sobrevolando la ciudad, mirando a los lados, parecía confuso.

—Qué extraño.

—¿Ocurre algo?

—Las Pléyades ya deberían haber comenzado, pero no hay nadie en las calles celebrando, tampoco están las cometas que… —En ese momento fueron alcanzados por una red que atrapó a ambos. Era metálica. Tenía pesos atados a sus extremos que hicieron que el dragón fuese incapaz de mantenerse en el aire, y empezó a caer sin remedio mientras Happy gritaba abrazándolo asustada.

Aunque no se encontraban a demasiada altura, el pobre animal impactó repetidamente contra los tejados rodando hasta llegar al suelo, girándose para recibir todos los golpes con su cuerpo, protegiendo a la chica.

—¿¡Fey!? —exclamó la niña ligeramente aturdida acariciando al animal, que estaba inconsciente—. ¡Fey, por favor, reacciona! —Happy trató de librarse de las redes, pero eran demasiado pesadas para ella.

Los habitantes de la zona se asomaron a contemplar la escena, inquietos. En ese momento cuatro hombres les ordenaron volver a sus casas, y rodearon a la niña y el dragón.

Iban uniformados, completamente de blanco salvo los adornos, botones y cintos que portaban, que eran de color negro y dorado. Les apuntaban con armas, parecían los responsables de haberles lanzado las redes.

—Pero si es una cría.

—Tienes razón, ¿y qué demonios es esta cosa? —preguntó el más corpulento de ellos mirando a Fey.

—Ni idea, tal vez provenga de Bardawil. He oído que hay criaturas de lo más extrañas allí.

—Sea como sea, sin duda tiene que ser cosa de los Indómitos.

«¿Los Indómitos?», pensó Happy, asustada, sin moverse.

—En ese caso tenemos que llevarlos al castillo. El Albor los juzgará.